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Una luz rojiza
entró por la ventana de mi cuarto y nada más verla salí corriendo de
mi habitación bajando las escaleras de dos en dos. Cámara en mano salí a
la calle y con la puesta de sol por testigo la vi creciendo majestuosa ante mis ojos. Sus cabellos eran dulces algodones
anaranjados, su cuerpo, una túnica gris con blancas cenefas intermitentes hasta
sus pies.
Yo que primero miré al sol porque
todo giraba en torno a él, y luego a la luna y sus estrellas compañeras
de la noche, me daba cuenta hoy, que no era más bonito lo que más
brillaba, sino el lugar y la forma donde la luz refleja, cuando mis ojos,
mirando al cielo, aprendieron a ver los tuyos.
©
Chimi
- 11/09/05
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